domingo, 22 de febrero de 2015

Noche de ramadán

Una de mis experiencias más interesantes ha sido visitar Marruecos en Ramadán. He tenido la suerte de poder vivirlo dos veces, y las dos han sido inolvidables.

El sol se oculta suavemente detrás la Kutubía, alejándose hacia los palmerales. En la terraza del café de la France se agolpan unos cuantos turistas saboreando el dulce té con menta y contemplando el atardecer.

Desde los cientos de minaretes empiezan a oírse los cantos de los muedines, llamando a los fieles para el rezo del atardecer. De repente, las calles se llenan de gente, hombres que salen de todos los lugares, dirigiéndose hacia las mezquitas. 

La plaza de Jemaa el Fna, y supongo que todas las plazas, se quedan casi vacía mientras se llenan las mezquitas, y los turistas, entre curiosos y ajenos, seguimos disfrutando de nuestro té con menta, esperando a que los restaurantes vuelvan a abrir para dar buena cuenta de una cena.


Galilea

Galilea es una región situada al norte de Israel, donde ocurrió la transfiguración de Jesús, o eso se recoge en los Evangelios.

Pero Galilea es también un pequeño pueblo mallorquín, situado en el extremo sureste de la Tramuntana.

A Galilea se llega por una carretera sinuosa, muy estrecha en algunos puntos, en la que el paisaje va cambiando poco a poco. Almendros, que ahora empiezan a florecer y dentro de unos días estarán en todo su esplendor, naranjos y limoneros cargados de frutos entre algún que otro olivar y pinares que parece que no tienen fin.

Galilea está formada por un pequeño conjunto de casas, algunas prácticamente colgando de un risco de la sierra, y una pequeña iglesia con un placita y dos estupendo bares que merece la pena conocer.

En uno de ellos se come, probablemente, la mejor paella mixta de la isla. En el otro, las vistas hacia el mar (allá lejos) y hacia la sierra son tan espectaculares que quitan la respiración.

Como muchos otros pueblos de la isla, Galilea sigue conservando ese aire de pueblo que tan bien describió George Sand en su "Invierno en Mallorca". Totalmente recomendable, Sobre todo, para conocer esa "otra Mallorca" que no sale en los telediarios.


martes, 5 de abril de 2011

Atardecer


Una de mis aficiones es perseguir aterdeceres. Quizás porque hace mucho tiempo leí la novela "El rayo verde", de Julio Verne, y quiero ver aparecer ese último rayo de sol en un atardecer perfecto. Aunque la moraleja es que el rayo verde está dentro de ti mismo. Aún así, sigo creyendo en él.

Aquí os dejo algunas de mis puestas de sol. Técnicamente no son perfectas, pero a mí me traen muchos recuerdos:

Península de Kassandra, Grecia

Atardecer en Sithonia, Grecia


Lepanto, Grecia

lunes, 4 de abril de 2011

Un viaje a través de la pintura

Una de mis aficiones es la pintura. La pintura me ha hecho viajar sin moverme de Madrid desde las salas del museo Thyssen hasta los jardines de Giverny; mirando un cuadro de Gauguin me he trasladado a Tahiti y ante una obra de Van Gogh mis pulmones se han impregnado del aire seco de los campos de Provenza en verano.

Con Canaletto he paseado por Venecia, una Venecia inventado y mejorada por él que luego difícilmente he podido reconocer en mis viajes.

Monet me hizo descubrir la catedral de Rouen, que en otro tiempo vigiló los amores ilícitos de Madame Bovary y con Sorolla respiro el aire cálido y húmedo del mediterráneo.

Éstos y otros pintores pueblan mi imaginación con viajes, con lugares imaginarios o reales, me hacen recorrer virtualmente paisajes, lugares, edificios, países...

Hay muchas formas de viajar, y la pintura es una de ellas.

París. Algunos sitios para visitar

En palabras de Enrique IV, "Paris vaut bien une messe". Y en las mías propias, cualquier día, momento, hora es buena para visitar París y perdernos por sus calles, sus museos, parques y plazas.

Para quienes vayan a visitar la ciudad de la Luz próximamente o, para quienes quieren compartir sus lugares preferidos, os dejo un listado de los míos. He obviado lo habitual; lo que sobran son guías, webs, blogs... sobre esta estupenda ciudad.

1. Una cañita en el café de la película Amelie: Café Deux Moulins, justo detrás del Mouling Rouge (Rue Lepic).



2. Cena en L'Annexe (rue de 3 Frères, 13), bajando las escaleras del Sacré-Coeur. Bonito y no muy caro.

3. Un café en la Fourmi, en la Rue de Martyns, zona de la Pigalle. Ambiente existencialista y extrañamente romántico.

Para otra comida o cena, a mi me encanta Bouillon Chartier (rue Faubourg Montmatre,7). Muy antiguo, muy abarrotado y con una decoración que nos hará trasladarnos a las pinturas de Toulouse Lautrec.

Para huir del mundanal ruido, nada mejor que un paso por la Isla de San Louis, detrás de Nôtre Dame. En realidad, no tiene nada, pero sí mucho encanto.

Para comprar un libro y disfrutar con una librería muy peculiar, puedes pasear hasta Le Marais. En Mona Lisait, en la Rue Pavée, además de encontrar los libros más raros del mundo, tienen una exposición de los carteles del Mundial 82.


Y ahora... a disfrutar de París...

domingo, 3 de abril de 2011

Cuando una mariposa mueve sus alas en un lado del planeta...

"Ahí donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos”. Heinrich Heine 1821

Esta cita, escrita en 1821, premonitoria durante la época nazi, donde tantos libros se quemaron, pero también tantos seres humanos, vuelve a estar hoy en día de plena actualidad.

Los libros son los depositarios del modo de vida, de la forma de pensar, de las ilusiones y de las pesadillas de una sociedad. Destruir los libros de una comunidad equivale a calcinar una parte de su pasado, de su presente y de su futuro.

A lo largo de la historia, ésta ha sido una de las armas utilizadas para vencer al enemigo, para humillarlo, una forma de robar sus pensamientos. Diocleciano quemó libros de la biblioteca de Alejandría, por miedo a las enseñanzas que transmitían; Savaronola hizo arder grandes obras en Florencia y aquí, en España, hace relativamente poco tiempo, se quemaron poemas, ensayos, novelas... nocivas para el nuevo régimen.

Se repite una vez más este atentado contra la integridad de una sociedad. Un insignificante pastor protestante en una insignificante iglesia de Florida anima a sus seguidores, y al mundo entero, a quemar coranes, como muestra de odio hacia la población musulmuna.

El último corán quemado en ese minúsculo rincón del planeta causó una matanza a otro lado del planeta, en Kandahar.

Una muestra más de que Heinrich Heine sigue teniendo razón.

lunes, 24 de enero de 2011

Cruzando el puente. Estambul

Para quienes visiten Estambul, o tengan planeado revisarlo, aquí dejo algunas recomendaciones:

Los baños turcos. Si tenéis tiempo, no dejéis de ir a unos baños turcos. Yo fui a los de Cemberlitas. Es caro, pero el sitio es alucinante y merece la pena. Es la calle del tranvía, sube desde Santa Sofía hasta el gran bazar, más o menos.

En la misma calle, hay un cementerio “tipo parque”, con un bar al fondo. No estuve en el bar, pero el cementerio es muy curioso.

También en la misma calle, caminando hacia el gran bazar, hay un bar que está en un patio donde venden alfombras. Yo estuve allí fumando la shisha. Creo que se llama Corlulu Ali Pasa (el patio).

Del Gran Bazar poco que decir. A mí me pareció guapísimo, y si tenéis tiempo y no hay muchos turistas, os lo pasaréis muy bien. Os aburriréis de tomar tés de manzana (no lo he vuelto a probar en mi vida... pero tampoco me quedaron muchas ganas).

Menos conocido es el bazar de las especias, pero igualmente curioso. Hay otro mercado entre Santa Sofía y la Mezquita Azul (no olvidéis llevar calcetines para entrar en las mezquitas). Cuando yo fui, era el mercado kurdo, donde vendían alfombras y productos de esa zona. Tal como están las cosas, no sé si seguirá allí. Me parece que se llama el bazar de la caballería, y está en unos antiguos establos.

Hablando de establos, estuve en un café que estaba en unas cuadras de un palacio, pero creo que no sé donde está. Me suena que estaba por donde la mezquita de Solimán el Magnífico.

Tenéis que coger el barco para ir hasta el mar Negro. Pero no el de turistas, sino el que hace el trayecto normal. Lo habitual es ir hasta el último pueblo, bajarse allí y luego ir visitando otros sitios. Si queréis ver el Palacio de Dolmabahçe, tiene una parada al lado.

En el barco, no dejéis de recitar “con dos cañones por banda, viento en popa a toda vela..."

Para pasar al otro lado de la ciudad, el “nuevo”, cruzáis por el puente de Gálata. Suele haber barcos (en el lado viejo) que venden bocadillos de pescado. Están muy buenos (los bocadillos).

Ya en el barrio de Begoglu, podéis:

Ir al Pera Palace a tomar un café. Es el hotel donde se alojaba Ágata Cristhie cuando visitaba Estambul. Por cierto, la estación del Orient Expressestá en la parte vieja de la ciudad, bajando hacia el puente.


Subir en un elevador hasta Istikal Cadesi, la calle principal del Barrio. Por esa calle pasa un tranvía, pero a mí me suena que era muy caro. Está muy bien, hay muchas tiendas y varios bares interesantes.


Hay un sitio en la parte de abajo de la calle que se llama el pasaje de las flores. En contra de lo que su nombre indica, es un mercado de pescado muy curioso, con un montón de restaurantes. Yo recuerdo haber comido mejillones rellenos, o algo similar. El sitio merecía la pena. Creo que también es muy típico comer pulmones de oveja. Sin comentarios.

Fuera de Estambul, no dejéis de ir a ver la Iglesia de San Salvador de Chora. Es una Iglesia Bizantina con unos mosaicos estupendos.

Hay otro sitio (Eyup) donde hay varias mezquitas y está el Café de Pierre Loti, desde el que se ve el cuerno de oro entero. Yo no subí, se me hacía de noche y está encima de un cementerio, pero todo el mundo dice que es alucinante. Esto sí, tanto a la iglesia como a Ayup es bastante complicado llegar. Yo fui en bus, pero prácticamente perdí todo el día.

El resto lo de siempre: Mezquitas, Palacio de Topkapi (el Museo Arqueológico, que está dentro, me gustó mucho), Santa Sofía, las Cisternas (me encantaron) y caminar, caminar, caminar. Y acordaros de la pasión turca…

miércoles, 3 de marzo de 2010

40 horas en Ginebra


El pasado fin de semana, por gentileza de Iberia, pude pasar unas 40 horas en Ginebra. Los planes no eran esos... deberíamos pasar al menos 24 horas más pero... ya se sabe, cuando una mariposa mueve un ala en el otro lado del mundo, los señores controladores españoles, que tan exiguo sueldo reciben, convierten este breve aleteo en un tema personal.

Obviaré los retrasos y enlaces que perdimos, así como la cena en Madrid cuando yo me estaba imaginando atacando una fonduee.... Olvidaré el cambio de slot de salida y me centraré en el destino.


Ginebra... enclavada en la embocadura del lago Leman, desde donde nace el Ródano para regar sus famosos vinos. Es una ciudad un poco "mentirosa", parece que tiene mar pero sólo es el lago. Rodeada de montañas y vigilada permanentemente por el Mont Blanc.

Es una ciudad con un equívoco aire francés e inequívoco italiano... y con una cocina internacional que merece la pena probar.


Tras nuestra llegada y acomodación en casa de mi sobrino, nos lanzamos a la calle a descubrir sus encantos.


La Vielle Ville es pequeñita y estupenda. Su catedral, con una mezcla de estilos increíble es una maravilla y desde sus torres se puede divisar todo el lago y, en días despejados, el mazico del Mont Blanc.


Para comer... miles de opciones:


- Una bière en la demi lune, un bar agradable cerquita del ayuntamiento.

- Comida italiana en un restaurante donde los camareros cantan y la comida es una delicia. Una pena, me he olvidado del nombre.

- Y para descansar, nada mejor que otra cerveza más en uno de los bares de moda de Ginebra. No recuerdo el nombre, pero está al lado del Alhambra. Fácil de encontrar. Y muy glamouroso.


Al día siguiente, tras la obligada visita al lago, a la catedral reformista (Calvino estuvo allí) y a la ortodoxa rusa (una pequeña joya en medio de la ciudad), al ayuntamiento -donde unos mosaicos cuentan la historia de Ginebra y unas cuantas subidas y bajadas... fue necesario volver a comer. ¿Dónde?

Una comida opípara en el Chez ma cuisine... Pollo de todas las formas imaginables (on y mange de poulet"), estupenda para reponer fuerzas y volver a la carga.

Para reposar la comida, visitamos el recién inaugurado Museo de Arte e Historia de Ginebra. Curioso, aunque prenscindible. También paseamos al lado del muro de los reformadores... pero esa parte de la Historia está bastante alejada de mi conocimiento.

Y como no hay tarde de domingo sin futbol,, cruzamos el puente del Mont Blanc y nos dirigimos a la otra parte de la ciudad, al Pub Pickwick. Curioso... decenas de ciudadanos de todo el mundo se juntan en este gigantesco pub para animar a su selección de criquet, de baloncesto, a su equipo de futbol de toda la vida, para ver la final de las olimpiadas de hokey sobre hielo... Creo que naturales de Ginebra (¿cuál su gentilicio?) no había nadie... de hecho, yo no oí hablar francés en toda la tarde. Yo creo que era la sede la ONU sin la cúpula de Barceló.

Tanta visita cultural y tanto deporte volvió a abrirnos el apetito. En esta ocasión, y dado que nuestra elección thai estaba cerrada, recurrimos de nuevo a la comida tradicional europea y optamos por la "Boucherie" buena carne regada con un buen bourdeos.

Las pocas horas disponibles de la mañana siguiente yo pretendía gastar mis ahorros en Cartier, Versace, Louis Vouiton, Rolex... pero.... decidí dejarlo para la siguiente ocasión.

Pocas horas sí... pero bien aprovechadas.



martes, 16 de febrero de 2010

Un invierno en Mallorca

No he pasado ningún invierno en Mallorca, como lo hizo George Sand con su amado Chopin, pero sí varios días en diferentes inviernos.

Un invierno en Mallorca es difícil de describir. Bonito y duro. Luz, frío y humedad. A veces, la nieve cubre la Tramuntana. Los turistas buscan un resquicio de verano en las terrazas, apurando los rayos de sol. Algunos pueblos parecen desiertos, mientras la ciudad se muestra más bulliciosa que nunca.

En la carretera de Valldemosa, los almendros se cubren de flores blancas y ofrecen una vista increíble, dan ganas de atraparlos para siempre en la retina.

Valldemosa en invierno. Casi desierta, te permite descubrir tranquilamente sus calles, sus tiendecitas, atisbar entre las cortinas para espiar la vida cotidiana. Y otros tantos pueblos, atestados de turistas en verano. Soller, tan encantador y tan extraño, aislado durante años, con sus construcciones modernistas y su valle de los naranjos, y Port de Soller... con su aire de viejo puerto pesquero a pesar del turismo. Alcudia, con sus murallas y sus restos romanos, la antigua Pollentia.

Sa Calobra y su torrent de Paradis. En este pequeño milagro de la naturaleza es posible perderse una mañana de febrero y dejarse llevar por el ruido del mar, sin otras voces, sin olor a bronceador, sin gritos ni sombrillas que laceren la arena.

El invierno en Mallorca te hace comprender porque tantas y tantas personas encontraron aquí su Ítaca. Robert Graves, el archiduque Luis Salvador de Austria, Miró, Rusiñol, Jovellanos -a su pesar- ... Aquí logras entender la luz de la obra de Barceló y el color de Joaquín Mir.

El invierno en Mallorca es una sobremesa con los amigos alrededor de los restos de una buena comida, es un paseo por el Born, es una visita a una sala de arte, es una tarde de cine y unas cañas y unas risas. Es un "vermú" en una terraza buscando unos rayos de sol y un arroz en Port des Canonges. El invierno son almendros, el olor de las naranjas casi recien cortadas y... desde ayer, también buñuelos.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Viaje al pasado

20 años. Y parece que fue ayer. Pero las imágenes tantas veces repetidas esta semana de la caída del muro de Berlín nos recuerdan que desde ese ayer ha pasado mucho tiempo. Media vida para mí y me sigue pareciendo que no ha pasado tanto tiempo.

Hace 20 años oímos por primera vez las palabras "perestroika" y "glasnot". En la televisión veíamos las imágenes de un señor con un bigote enorme y cazadora de cuero negra, abanderando "solidaritat". Oímos como el telón de acero se abría en Hungría y, horririzados, nos llegaron los ecos de la matanza de Tiananment. Asistimos atónitos a la caída del muro de Berlín, quizás sin saber muy bien lo que significaba. En la Navidad del 89 comimos los restos de la nochebuena con los cuerpos de Causescu y su mujer en un patio de su palacio de Bucarest. Una etapa de la Historia se había cerrado, y se abría la primera página del libro de la nueva Europa.

20 años y yo tenía 20 años. Tantas noches sin dormir (como decía un anuncio). Largas noches de estudio y cortas noches de "marcha". Y tantas risas, y canciones, y conversaciones, y debates, y sueños, e ideales. Nos comíamos el mundo, éramos invencibles, incombustibles. Bailábamos con Simple Minds, Dire Straits, Sting, Madonna, Queen. "Versos satánicos" era nuestro libro de cabecera, aunque no conociéramos su trascendencia y el Club de los Poetas Muertos nuestra película favorita.


Invierno de 1989. Quizás fue la primeva vez que pensé lo que era importante la vida y lo que no. Manolo, un compañero de estudios y novio de una amiga se murió. Así, de repente. Yo no lo sabía, tenía una enfermedad congénita en el corazón. Se murió un sábado por la noche, sentado en el sofá con sus padres riéndose con una película que desde entonces he odiado, "Esta casa es una ruina". La vida de repente tuvo otro significado, porque la muerte había golpeado muy muy cerca, a uno de los míos, a uno de los nuestros. Nada volvió a ser igual. 20 años y sigo recordando su gesto sonriente de cada mañana y muchas, muchas veces, sigo pensando que nunca volvió a ver un amanecer.

20 años. Manolo, Pablo, Lali, Luisa, Nuria, Diego, Raúl, Carlos, Juan, Eduardo, Félix, Sonia, Santi... Qué pequeño era nuestro mundo, tan pequeño que pensábamos que nunca nos íbamos a separar. Y qué pequeño sigue siendo ahora, y qué largos los caminos que hemos recorrido hasta llegar dónde estamos. Y qué felices y desgraciados fuimos aquel año en que el mundo cambió tanto.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Nostalgias

Nostalgia. Saudade. Morriña. La nostalgia (del griego clásico νόστος "regreso" y ἄλγος "dolor") describe un anhelo del pasado, a menudo idealizado y poco realista.

Recuerdos de una cerveza en una noche de junio en Frankfourt Oder. Pensamientos que un día se van a una galería de arte en Gamla Stam de Estocolom y un café humeante. Una puesta de sol en una isla perdida en medio de Atlántico, o tantas puestas de sol perseguidas quince días seguidos.

Nostalgias de mi Mediterráneo. Una cerveza en la muralla de Duvrovnik, una pizza en Campo di Fiori, un ouzo en Patmos, un baño en Spinalonga. Las ruinas de Olimpia, la cueva de San Juan Evangelista, las huellas de los templarios y la sombra amenazante del monte Taigeto.

Rascacielos que nos te dejan vislumbrar las nubes. Vértigo de Manhatan. Mil y una imágenes repetidas en tantas películas, tantas veces vistas y nunca olvidadas.

Luz de París, gris de Londres, niebla veneciana. Noches sin fin de Joensuue y barrio judío de Cracovia.

Acantilados de Dover y verde interminable de los Hihglands.

Tanta nostalgias en un día de gris de noviembre. Tantos recuerdos que no sé por dónde empezar a ordenarlos.



Tantos recuerdos en un noviembre gris...

viernes, 11 de septiembre de 2009

Deshaciendo maletas

Cuando vuelvo de viaje, soy incapaz de deshacer la maleta. La arrincono, durante días en una esquina y voy sacando poco a poco cosas. Como si tuviera miedo de que al salir, se desintegrasen las vivencias y los recuerdos.


Las sandalias siguen teniendo restos del mármol de la Acrópolis, el pareo de la arena de Amarinthos. El polvo de Olimpia sigue pegado a mi camiseta y la magia de Delfos está escondida dentro de las páginas de un libro.


Los restos del viaje se amontonan desordenadamente en una esquina, esperando su momento para ser guardados en una caja junto con los recuerdos de otros viajes o deshechados sin más. Mapas, piedras, tarjetas, facturas, folletos... sólo eso, las fotos y la memoria es todo lo que queda.


Poco a poco la maleta se va deshaciendo, muy poco a poco volviendo las cosas a su lugar. Pero después de un viaje, nada es lo que era.


Después de ver Cranae, quizás entienda a Helena y a Paris. Siempre había estado al lado de los aqueos, pero quizás ahora me vuelva al lado de troyanos. Tras visitar Lepanto, Cervantes ya no es el autor del Quijote, es mucho más. La silueta del Peloponeso ya no es una hoja de parra en el Mediterráneo, es un plano lleno de carreteras, penínsulas, cabos, golfos... es más.

Heracles, Teseo, Ariadna... están en mi maleta. Esa maleta que sigue agazapada en su rincón, esperando a ser despedazada.

jueves, 10 de septiembre de 2009

En construcción

Visité Berlín por primera vez hace 10 años, en pleno proceso de reconstrucción tras la caída del muro. Desde el Reichstag, o la torre de la televisión, se divisaban mares de grúas en los terrenos ocupados, una década atrás por el muro. La franja de la muerte estaba empezando a ser ocupada por edificios de oficinas, periódicas, edificios gubernamentales, viviendas... El ambiente de la calle también se estaba construyendo, las dos ciudades se acercaban, se mezclaban, se hermanaban, se escuchaban. Aunque me imagino que no todos querían escucharse.

Hace 10 años, la herida del muro seguía siendo muy visible, en la piel de Berlín y en la piel de las personas. Estaban intentando suturar la herida, enterrarla, olvidarla.

10 años después, Berlín sigue siendo una ciudad en construcción. En construcción física y emocional. Ahora, se construye la historia, o la memoria histórica. La ciudad tantos años dividida quiere recuperar el esplendor de sus años pasados, pero no quiere olvidar. No quiere olvidar los años de terror, y por eso no oculta los restos del tercer reich ni sus consecuencias. No quiere olvidar que una vez estuvo dividida, y por eso quiere dejar constancia, a cada paso, de que una vez hubo un muro, señalándolo, para que nos demos cuenta de no hace mucho, algunos pagaban con la vida atravesar esa franja por la que hoy paseamos sin darnos cuenta.

Fea, pero sexy, como dijo su alcalde en una ocasión. No es una ciudad bonita, sus largas avenidas muchas veces inhóspitas impresionan, pero no gustan. Pero es Berlín. Interesante. Mundana. Acogedora. Alternativa. Un ave fenix que ha resurgido de sus cenizas, y que demuestra que lo volvería a hacer una y mil veces.

Las heridas se han convertido en cicatrices profundas, que dolerán durante mucho tiempo, pero que nos recuerdan que los muros pueden mantenerse años en pie, pero acaban cayéndose.

domingo, 14 de junio de 2009

Las luces del paraíso. Tánger


Hace unos días, encontré este texto que había escrito en el 2000, después de visitar Tánger, y concretamente el barrio de Marshan. En este barrio hay dos sitios claves. El café Haffa, donde dicen que incluso los Rolling fueron a tomar un té con menta y a disfrutar de las vistas, y las tumbas de los fenicios, antiguo cementerio fenicio, situado en un acantalido desde dónde España y Marruecos se dan la mano.


Y ahí, sentada, rodeada de personas de ojos profundos que soñaban con estar al otro lado, pude palpar la angustia, la tristeza por lo que habían dejado atrás y la esperanza por lo que soñaban. Y... a la vuelta escribí esto.



El paisaje era de ensueño. Los huecos que señalaban el lugar donde buscaron el sueño eterno los fenicios estaban iluminados por la luz difusa de las estrellas. Las luces del paraíso titileaban en el horizonte y lanzaban guiños sonrientes, invitando a llegar hasta ellas. En el aire se respiraba el olor de los sueños, las ilusiones, la esperanza, pero también el olor de la muerte. La muerte que acechaba escondida en el fondo del mar, donde Caronte con su barca esperaba a las almas que se aventurasen hacia el otro lado para conducirlas hacia el Hades.

La mar, esa mar que tanto une y tanto separa, esa madre que mece a sus hijos, y esa amante celosa que envuelve a su amante con su abrazo hasta ahogarlo, susurraba quedamente el nombre de cada uno de los que allí soñaban con el paraíso. Ven, te llevaré hacia allí, decía, ven, tu destino está en la otra orilla. Y todos aquellos ojos oscuros y profundos, tristes como la noche eterna, se iluminaban con una sonrisa y soñaban, seguían soñando, con que una noche, por fin, alcanzarían a la tierra prometida.

Y una vez lo intentaron. Aparentemente, no era Caronte quien les esperaba con su barca, pero el precio que debían pagar por mecerse entre la olas de ese mar era muy alto, tan alto que no importaba todo lo que habían sufrido para poder pagarlo. Algunos fueron tragados por las olas, por ese mar que parecía que unía los dos mundos y ahora se mostraba cruel y dispuesto a defender con uñas y dientes las puertas del Edén. Y otros llegaron al paraíso, a aquel lugar mágico de luces titileantes que en las noches de luna llena les había invitado a acercarse. Y pudieron comprobar ni su dios ni el dios de los cristianos, el que viste las flores y cobija a los animales, el dios magnánimo y sonriente que cuida de sus hijos, tampoco allí les acogía, y que a cambio de su vida sólo les ofrecía hambre, frío, humillación, desesperación y muerte.

jueves, 29 de enero de 2009

Viaje... al mundo del futbol

Después de la inactividad de este blog, quizás no sea la entrada más adecuada. Pero... he hecho mi primer viaje al mundo de futbol. Casi desconocido para mí, despreciado durante años, aún siguen resonando en mis oídos los reproches por mi falta de entusiasmo en el histórico Alemania-España del no menos histórico 29 de junio y mi poca participación en la alegría general por la subida del Sporting a primera división tras años en la poca lucida 2ª división.

Pero una buena amiga más versada en estos temas que yo decidió que era el momento de mostrarme el futbol desde "dentro". Y heme aquí (después de vieya, gaitera), con bufanda del Sporting al cuello, y el bocadillo en el bolso, camino del Molinón. Temerosa de nuevos reproches ante mi probable falta de entusiasmo, pero decidida a probar al fin y al cabo.

Ríos de gente caminando hacia el campo. Algún cántico y alguna pequeña puya entre hinchas de uno y otro equipo. El campo lleno, casi tanto como en algún mítico concierto del Boss y Dire Straits - y en el último de Joaquín Sabina- y el himno del Sporting (equipo famoso, de rancia solera brillante historial....), con los jugadores saltando al campo (quizás sería capaz de enumerar tres nombres de entre los 22 y de reconocer a uno sólo si me lo cruzo por la calle).

Todo empezó. Gol del Sporting en el minuto 35. Increíble. La gente gritando, levantanda saltando... (¡y yo también!). Durante 41 minutos, el Sporting se había subido "al tren de las semifinales de la copa del Rey" (lo acabo de copiar del Marca). Bastantes oportunidades de gol en ese tiempo, oes, oes, gritos... ays.... y yo seguía participando el júbilo general (me abstuve de insultar al árbitro, que sacaba tarjetas a diestro y siniestro y no pitó un penalty a favor que yo sepa -José Ramón de la Morena está de acuerdo conmnigo en que fue penalty-.

Tras el gol del Atletic (habíamos -sí, en plural, me han enganchado- pedido a los Reyes Magos un portero nuevo, pero no nos hicieron caso), el campo se desinfló. Descanso -bocata incluído-, segundo tiempo y ánimos por los suelos. El Sporting jugando "a la rebatina" (eso dice mi amiga), y... segundo gol del Atletic en el minuto 51. Y yo compartiendo los ánimos de miles de personas, aunque menos su enfado -sólo con el portero-.

Sólo tengo que decir que me molestaron gestos e insultos de algunos que mejor estaban en una pocilga que en el campo de futbol, las banderas de España inexplicables de los ultras del Sporting y algunos cánticos cruzados en entre ambos bandos "políticamente incorrectos".

Y la mala educación de los que abandonaron el campo a partir de minuto 80, sin esperar a que "los guajes" acabaran su partido de cuartos de final de copa del rey. Parece que ya no se acuerdan de los 10 años en segunda.

¿Qué tiene que decir a esto el antropólogo en ciernes y los amigos psicólogos? ¿Me he convertido? ¿Me estoy adocenando? ¿Voy a tomar el futbol como mi vía de escape semanal al estrés del trabajo? ¿Qué me está pasando? ¿Qué pensará aquel ex al que tantas veces reproché que le gustará el futbol? Y... ¿cuándo será mi segunda vez?

Gracias anina... este post es en tu honor.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Provenza. Impresiones de otoño

Por la ventanilla del tren iban desfilando pequeños pueblos de la Provenza, típicamente mediterráneos. El color de las paredes de sus casas se confundía con la tierra, con la roca, y los postigos de sus ventanas, azules o verdes descoloridos, esconden los secretos de sus habitantes. Olivos, viento, pinos y vestigios de todos los pueblos que recorrieron el Mediterráneo y quisieron hacerse sus dueños siguen apareciendo detrás de los cristales del cochambroso tren que une Arlés con Marsella.

Echo de menos los campos de lavanda y el esplendor de los girasoles en julio, cuyos restos permanecen resecos en los campos muertos de sed. Pero a cambio, las aceitunas están en todo en su esplendor, esperando a ser recolectadas y en los restos de uvas en las vides semejan una ofrenda, como si los campesinos pagaran su diezmo a los miles de dioses que habitan estas tierras.

El mar, aún lejos de la vista, está siempre presente. Conchas fósiles en las rocas, otras veces entremezcladas entre el adobe y el cemento en las paredes de las casas, nos recuerdan estamos pisando el fondo del mar de otros tiempos.



domingo, 21 de septiembre de 2008

Francia, mon amour (1)

Cuando tenía 11 años, antes de empezar 6º de EGB, tuve que enfrentarme a una terrible decisión: ¿qué idioma vas a estudiar? ¿Inglés o francés? Por aquel entonces, la cultura anglosajona ya había conquistado el mundo, pero yo tenía clara cuál iba a ser mi decisión: "Francés". De nada sirvieron los consejos de otras personas "El inglés es el idioma que se va a hablar en todo el mundo", "El inglés es el idioma de los negocios"....

Ya, todo eso es verdad... pero en mi colegio, si estudiabas francés, hacías intercambios con familias francesas y ¡¡¡podías conocer París!!!!

Para una niña de 11 años, cuyo periplo turístico se había reducido a algunos pueblos de León y a una visita a Salamanca (otra ciudad soñada durante mis años de infancia gracias a las postales que mi padre y mis tíos habían enviado desde el Balneario de Ledesma durante sus veranos de cura de la psilicosis), la posibilidad de visitar Francia se me antojaba tan excitante como dar la vuelta al mundo.

Durante casi dos años, me pasé horas y horas buscando información sobre la ciudad a la que iría a casa de una familia (Nevers, pequeña ciudad a las orillas del Loira) y sobre París. Revisé una y otra vez las fotos de mi libro de francés (Je commence), en blanco y negro, que me mostraban el Sena, la Ópera, la Torre Eiffel... Me pasaba noches soñando con estar allí y verlo con mis propios ojos.

Recuerdo a la perfección los dos viajes que hice a Francia con mis compañeros de clase en autobús. Salíamos temprano de nuestro pueblo y llegábamos a dormir a Burdeos, después de atravesar el paisaje llano y verde de las Landas. No visitábamos la ciudad, pero el hecho de dormir en un albergue era tan emocionante para nosotros que no nos imagánabamos nada mejor.


Al día siguiente, seguíamos y atravesábamos ciudades como Limoges y las obras de Futuroscope, Chateauroux, Bourges y llegábamos a nuestro destino, Nevers, donde nos recogía la familia con la que íbamos a pasar una semana. Yo me pasaba horas con la nariz pegada a la ventanilla del autobús, sin perder un detalle. Ríos, palacios, castillos, casitas, paisajes... registraba todo en mi cerebro pretendiendo no olvidarlo nunca.

Íbamos al colegio a diario (yo iba en bicicleta, atravesando toda la ciudad sobre calles adoquinadas) y, el fin de semana lo pasábamos en familia.

Allí comí mi primera pizza (llena de queso, que odio, pero... no me atreví a decirlo), fui a primer parque de atracciones, mi primer zoo, mi primera visión de una santa incorrupta metida en una urna (Sainte Bernadette, patrona de Nevers), visité un castillo del Loira (Le Palais Ducal), me llevaron al circuito de Magny Cours, fui a una fiesta de la Vendimia y, por fin... ¡¡¡París!!!!

Yo me sabía de memoria cómo era la fachada de Nôtre Dame, el perfil de la Torre Eiffel, la silueta del Hôtel de Ville... Mis primeros pasos en París los dí alrededor de las fuentes de la Place de la Concorde (visita obligada en mis siguientes viajes a París), después subí al segundo piso (caminando) de la Tour D'Argent, atravesé los Campos Marte y por último, una visita al Louvre. Nunca se borrarán de mi cabeza las visiones de la "Balsa de la Medusa" y de la "Gioconda", que años después me pareció que había disminuido de tamaño.

Después, una rápida vuelta en autobús para ver el arco de triunfo, l'le de la Cité, y... c'est fini. Sublimes, aquellas seis o siete horas primeras en París que alimentaron mis pensamientos durante todo año hasta que volví a casa de la familia Lorsery a pasar otros diez días.

Ese fue mi primer contacto con Francia, con París, con los castillos, con el paisaje, con los franceses. Me enamoré de Francia a los 12 años y mi pasión sigue intacta. Aquel viaje abrió mi mundo, me hizo interesarme por la pintura, por la arquitectura, por la gente de otros países. Aquella decisión de estudiar francés cambió mi vida para siempre.

He vuelto muchas veces. Mi segundo intercambio a Nevers, un fin de semana en París con los amigos, otra semana años más tarde con mi sobrino donde pude pisar las calles nevadas, cuatro días innolvidables en agosto con mi chico revisitando mis lugares favoritos de la ciudad de la luz y conociendo otros nuevos, Normandía, Bretaña, la costa azul, la Provenza, Toulouse... Francia me seduce una y otra vez y siempre será uno de mis destinos preferidos.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Lisboa, la ciudad de la mentira

¿Sabías que Lisboa es la ciudad de la mentira?

Durante el día, Lisboa te seduce con su luz mediterrána, imposible en este lado de la península. Los barcos que recorren el Tajo, el azul del cielo reflejándose sobre sus aguas, su anchura, te hacen creer que no es un río, que es el mar, un mar con límites, pero el mar.

Al llegar la noche, Lisboa olvida su deseo de ser mediterránea y se vuelve africana. Los ritmos, sabores y colores de la noche de Lisboa te trasladan a otros lugares, a Cabo Verde, a Angola, a Mozambique... porque la noche es de las miles de personas que han llegado a la antigua metrópoli buscando una vida mejor.

Lisboa es París en la Baixa y el Berlín de los años 20 en el parque Mayer, con sus teatros y cabarets en ruinas. Se convierte en un barrio pesquero en algunos rincones de Alfama, en África en la plaza da Ferreira, en decadente en el Rossio y en postmoderna en el Barrio Alto. Es pura poesía en la Rua Garret, donde se sienta para siempre Pessoa mirando de reojo a los miles de turistas que se fotografían a su lado.

Belén nos recuerda su pasado esplendoroso: la torre de Belén, el monumento a los Descubridores y el magnífico Monasterio de los Jerónimos, donde duermen Camoes, Pessoa y Vasco de Gama (cuya tumba se rumorea que está vacía). Y nos muestra lo que quiere ser en el futuro en la zona recuperada para la Expo 98.

He visitado varias veces Lisboa y en cada viaje he descubierto un "lugar preferido". El castillo de San Jorge, la Cerveceria da Trinidade, el elevador de Santa Justa, el Pavilhao Chinés, el Chapito y estupenda terraza desde la que se divisa toda la ciudad, el arroz caldoso en Cacilhas y la vista de Lisboa desde el transbordador, el museo Gubelkian, las terrazas de la Baixa, la "Casa dos Pasteis de Belén", el claustro de los Jerónimos, el barrio de Graça.... Espero volver, pronto, y descubrir más secretos y mentiras.

Y para viajar a Lisboa sin viajar, y descubrir sus engaños... la mejor guía es el libro "Lisboa, Diario de a bordo", de Cardoso Pires.

jueves, 4 de septiembre de 2008

¡Empezamos a viajar!

Hoy comienza mi viaje a través de la blogosfera. Me ha llevado un tiempo decidirme... pero aquí estoy, dispuesta a compartir mis experiencias viajeras de hoy y de ayer y esperando que vosotros las compartáis tambíén.

Me gusta viajar. Es mi vicio, pero la falta de tiempo, unas veces, y de recursos económicos, otras, no me permiten moverme tanto como quisiera. En mi estantería se amontonan las guías de Escocia, Irlanda, Estambul, París, Grecia...., y en una caja de cartón múltiples recuerdos sin ningún valor: entradas de museos, un trozo de una taza encontrado en una playa griega, tarjetas telefónicas, monedas, planos, un billete de tranvía...

Y en mi cabeza se acumulan las imágenes de los lugares visitados, la sensación de sumergirme por primera vez en el Egeo, de tomar el té en el café Haffa viendo las luces del paraíso, el olor del barrio de curtidores de Fez, la emoción que sentí cuando estuve por primera vez ante los nenúfares de Monet, los techos de la mezquita azul sobre mi cabeza, el calor de una galería de arte en el frío Estocolmo, la alegría compartida de la fiesta dell Palio en Siena...

A veces pienso que soy coleccionista de viajes. Quiero ir a un sitio... porque está ahí, porque existe, porque otros fueron antes, porque leí un libro....

He viajado sola, en viajes organizados, en pareja, en coche, en tren, en barco, por placer, por trabajo, porque sí... No he hecho grandes viajes, sólo una vez he cruzado el Atlántico y casi no he salido de Europa, de nuestra vieja Europa tan visitada y conocida, pero he descubierto lugares fantásticos que quiero compartir.

Algunos viajes me han permitido cumplir pequeños sueños, como ver París a mis pies al lado de la persona más especial, celebrar mi cumpleaños a los pies de la Acrópolis, ver la Capilla Sixtina, contemplar Manhatan desde Brooklyn. Pero quedan sueños por cumplir.